Marzo 3, 2024

¿A qué Jesús rezamos?

 ¿A qué Jesús rezamos?

¿Rezamos a un Jesús que, porque es Dios, todo lo puede? Y si no responde a nuestras peticiones es o bien porque no nos escucha o bien porque nos pone a prueba. ¿O rezamos a un Jesús solidario con nuestros sufrimientos?

¿Rezamos a un Jesús que, porque es Dios, puede solucionar todos los problemas de nuestro mundo, injusticias, hambres, guerras? Y lo convertimos, por una parte, en la criada de la casa, esperando pasivamente que él solucione nuestros problemas, olvidando que nuestros problemas, precisamente porque son nuestros, los tenemos que solucionar nosotros. Pedir a Jesús que, por ser Dios, puede solucionar todos nuestros problemas, es falsificar la oración. Por otra parte, esta oración resulta la mayor de las frustraciones, porque las guerras y el hambre siguen estando presentes. ¿O pedimos a Jesús que nos envíe su Espíritu para que nos haga sensibles ante las necesidades del prójimo y nos mueva a solucionarlas, a ser su mano, en la medida de nuestras posibilidades?

En la oración nos dirigimos a Dios, confiados en que él nos escucha y nos comprende. La respuesta de Dios a nuestra oración es el cambio que se produce en nosotros cuando oramos como conviene. La oración se dirige a Dios, pero nos conduce al prójimo. También aquí es verdad eso de que no es posible amar a Dios sin amar al prójimo. El amor a Dios nunca puede ser un pretexto para alejarnos de los hermanos. Si la persona no descubre el amor al prójimo en su vida contemplativa es porque no ha alcanzado de verdad a Dios, sino a una caricatura de Dios. Dios es Amor, como dice san Juan y, por eso, él da el amor.

Una oración que no conduce al prójimo no es una buena oración. En esta línea hay que interpretar todas estas peticiones que se encuentran incluso en los textos litúrgicos oficiales de la Iglesia, en las que se pide a Dios que “dé la libertad a los cautivos y la alegría a los pobres” (Vísperas del martes de la primera semana de adviento), o que “haga justicia a los pobres y desamparados” (Laudes del miércoles de la primera semana de adviento). Lo que en realidad estamos pidiendo es que nos mueva a nosotros a ser, para los pobres, promotores de alegría y actores de justicia. O sea, a ser su mano en todos aquellos lugares donde encontremos a un prójimo herido o necesitado.

Cosa distinta es si este tipo de fórmulas deberían cambiarse. En todo caso, se mantengan o se cambien, importa tener claro que, en la oración, más que pedir a Dios la solución de los problemas, lo que pedimos es dejarnos empujar por Dios para solucionar nosotros los problemas.

Martín Gelabert, OP – Nihil Obstat

Editor