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‘Cada persona es un Género en sí misma’ 

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Hablar de la vida como don, incluyendo en ella todos los componentes de la persona, es importante para reconocer la belleza de esa gratuidad con la que Dios nos precede y que, en consecuencia, debe inspirar las opciones del hombre “a su imagen y semejanza”.

Pero el don no puede entenderse sólo como un dato ya realizado porque, en el caso del hombre, Dios se entrega al hombre y, por tanto, lo involucra en la acogida del don y en su interpretación. La libertad otorgada al hombre es parte integral y constitutiva del don mismo; por tanto, el don es acogido realizándolo en libertad e incluyendo todos los intentos que sacan a la luz sus potencialidades y posibles ambigüedades. En el caso específico de la sexualidad, la persona se da cuenta de lo que es solo a medida que crece, a medida que se desarrolla y esta conciencia es un ejercicio del don recibido. Pues bien, la búsqueda de la propia identidad sexual puede llevar al reconocimiento de la coincidencia entre el llamado sexo físico (masculino, femenino u otro) y el género correspondiente (masculino, femenino u otro); o bien, puede suceder que la orientación sexual, que se está gestando, no provoque esta coincidencia.

La primera es que la connotación sexual es una cualidad de la persona que, de hecho, debe ser reconocida a medida que va saliendo a la luz de su propia identidad, connotada como única e irrepetible. Esa persona es un don de Dios tal como es y debe ser acogida como novedad de Dios, debe acompañarse con gran respeto en su camino de autoidentificación, muchas veces vivido con tanto drama e incertidumbre; ciertamente no es fácil cuando en el propio crecimiento hay una no coincidencia entre lo que a primera vista parece obvio (sexo biológico) y lo que está madurando a través del difícil proceso de autenticación; tampoco será fácil encontrar un lugar dentro de una sociedad, que se construyó sobre la clara e intocable distinción entre masculino y femenino.

Pero la persona no es una abstracción; es la singularidad de todo ser humano, que toma conciencia de sí mismo y de cómo está constituido concretamente. La comunidad debe acompañar este camino de ‘personalización’ con mucho cuidado.

La segunda observación es que, dado que la condición sexual, sea la que sea, es una dimensión personal, entonces la realización de la vida afectiva debe cultivarse en una dirección interpersonal con miras a una auténtica experiencia de amor. En este punto es el amor el que da el sello de humanidad a toda relación, que también encontrará expresión y concreción en el ámbito sexual. En este punto, el obsequio se convierte en una actitud que debe ofrecerse en la dirección de la entrega de las personas, que es la máxima cualificación de la vida.

Por lo expuesto, nos parece concluyente poder afirmar que la búsqueda de la identidad personal no puede dejar de conducir al reconocimiento de que cada persona es un género en sí mismo, cuya singularidad (incluso a nivel sexual) no debe atemoriza porque esa persona fue creada por Dios. ¡Y solo hay una en el mundo!

Evidentemente, esta consideración concierne a todas las personas desde que hayan vivido el aterrizaje angustioso y estimulante de su identidad sexual como un espacio inalienable, y único posible, para encontrar el mundo, la historia y entrar en la circularidad del amor que, precisamente por ello viene de Dios, es mucho más variado e impredecible que las estandarizaciones habituales. En este punto es tarea de la reflexión teológica abrir nuevos horizontes ampliando la mirada de Amoris, la que Dios sugiere hacia nosotros… también a través de nosotros.

Cosimo Scordato  /  Profesor emérito de teología sacramental en Palermo

Revista Europea de Cultura

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