|Sábado, Septiembre 21, 2019
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El escándalo de los Cardenales‏ 

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Resulta sorprendente y desalentador leer noticias que exponen a dos pastores de nuestra iglesia protagonizando hechos de la más baja categoría. La publicación de un intercambio epistolar entre dos prelados realizada por el diario electrónico El Mostrador, evidencia que -a nivel institucional- existe un ámbito de acción episcopal envuelto en la más sospechosa opacidad. Estas no son más que vías subterráneas que ocultan prácticas nefastas y altamente desvinculadas del modo de actuar del Jesús del Evangelio.
 
            El primer punto tiene relación con una suerte de persecución inútil a la figura de Felipe Berríos. Esto por causa de una posible candidatura a la capellanía de Palacio, ofrecimiento que no cuenta ni con el más mínimo interés del sacerdote en cuestión. Aunque excluir al religioso jesuita del cargo corresponda a las prerrogativas que ostenta Ezzati, no son los modos que el fiel espera de su Pastor ni responden a la pedagogía propuesta por Cristo en los evangelios. Si el anhelo era alejarlo de un puesto de notoriedad debido a sus posiciones polémicas en torno al Magisterio, debió hacerlo defendiendo su decisión directamente y con planteamientos, en diálogo con él si se quiere, pero no maquinando conciliábulos a sus espaldas. Aquella forma subrepticia, de naturaleza alevosa, esconde una falta de transparencia que no ayuda en nada a construir confianzas ni menos a reconocer semillas del Reino en estos actos.
 
            Por otra parte, el cuestionamiento a Berríos expresa una obsesión por excluir y acusar a quienes piensan diferente, persecución que lleva larga data en la iglesia local, casi con los mismos sospechosos de siempre: Mariano Puga, Jorge Costadoat, José Aldunate, el mismo Berríos e incluso el fallecido Pierre Dubois, entre otros. Baste recordar a este respecto lo que afirma la Escritura: aquel que se caracteriza por ser el acusador de los hermanos es el príncipe de este mundo, y el defensor de estos, el Espíritu Paráclito, abogado y amigo del hombre ¡dos paradigmas completamente diferentes!
 
            En segundo lugar, escandaliza sobremanera el trato entregado a Juan Carlos Cruz como “falseador de la verdad”, sumando a esto la voluntad de querer marginarlo de una comisión cuya finalidad es reflexionar en torno a la tutela de menores, elegido por ser él mismo sobreviviente valeroso de abusos. Consideramos necesario recordar que Cruz, junto a James Hamilton y Jorge Murillo, resultaron dar testimonio verosímil ante la justicia chilena, lo mismo ante la ley canónica, sobre los antecedentes oscuros del sacerdote Fernando Karadima. Para desconsuelo de quien emite estos juicios sobre Cruz, los jóvenes profesionales que fueron reiteradamente etiquetados de difamadores terminaron siendo portadores de testimonios verdaderos. Así lo sentenció el Vaticano, superando en efectividad a un estado chileno inoperante, incapaz de otorgar la justicia debida a las víctimas de estos crímenes horrendos. Sin duda, una pequeña victoria para la iglesia, pero falta mucho por mejorar. Con el fin de ahondar en estas materias se recomienda la lectura de una investigación titulada: Los Secretos del Imperio de Karadima, cuya autoría corresponde a Mónica González, Juan Guzmán y Gustavo Villarubia.
 
            En este mismo intercambio epistolar, Cruz es acusado de “dañar la iglesia”, cuando quienes la han perjudicado severamente son aquellos que han incurrido en actos de naturaleza ilícita, o que, por negligencia e ineptitud, han restado celeridad a las investigaciones correspondientes, confiando más en la palabra de cercanos que en los protocolos debidamente establecidos para estos casos. Cuidar la Iglesia, parafraseando al teólogo Ronaldo Muñoz, no es ocultar sus manchas en beneficio de su buen nombre; al contrario, es pasarla por el crisol del Evangelio aunque sufran heridas nuestras propias manos al hacerlo. Nadie está libre de pecado.
 
            Por último, la carta dirigida por el cardenal Errázuriz al presbítero Diego Ossa, este último discípulo de Karadima, y sospechoso en 2003 de abuso sexual, responde a motivaciones confusas, que hace falta aclarar con premura. En una misiva de espíritu ambiguo, con el fin de hacer más verosímil una posición torcida, se sugiere hacer pasar el pago de dinero a una víctima (Óscar Osben) como una obra de caridad falsa, enmascarando el interés por silenciar al feligrés de la parroquia Jesús Obrero, en Renca. Quedamos a la espera de una declaración clara, verdadera y valiente a este respecto. Pensamos que la gravedad del asunto y la dignidad de los fieles así lo ameritan.
 
            Para concluir, consideramos desoladores este tipo de hechos y nos entristece ser testigos de un tiempo equivocado, que ha sido mezquino en darnos pastores de la talla del pasado. Me refiero a Enrique Alvear Urrutia, Esteban Gumucio, Jorge Hourton Poisson, Carlos González Cruchaga, Bernardino Piñera y el cardenal Raúl Silva Henríquez. Lamentablemente, estos fenómenos ocurren cuando las autoridades restan urgencia a las necesidades de los más desfavorecidos, por llevar una vida de comodidades y alejada del pueblo, dedicando su tiempo a tareas administrativas como prioridad. Así devienen en meros funcionarios burocráticos, cediendo a la tentación de prostituirse ante los ídolos del tiempo, hasta el punto de utilizar estratagemas aprendidas de la más baja política y que poco tienen de cristianas. Ilusamente, piensan que así defienden el legado de Cristo, pero no hacen otra cosa que darle la espalda, ocultando la viveza de su luz. La heredad que todos hemos recibido de Dios no se salvaguarda desde las sombras, sino que se grita desde las azoteas, a plena luz del día.
 
Nicolás Cancino Baeza
Licenciado en Historia y Educación
Magíster en Historia © PUC.

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