|Viernes, Septiembre 20, 2019
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Ex cátedra, la vocación de testimoniar 

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“Ojalá en esta fiesta de la cátedra de san Pedro y lejos de celebrar la autoridad papal que Francisco ha diluido con humanidad y fraternidad, celebremos junto al Papa y todos los creyentes la posibilidad de compartir con Pedro y sus sucesores la capacidad vocacional de ser testigos…”

Cátedra significa asiento o sede, desde el cual se imparte una determinada enseñanza o ejemplo; y también lugar del que emana una determinada autoridad y desde el que se gobierna. Sin ir más lejos, el arca de la alianza era la sede de Dios. Un cajón de madera donde residía el poder de Dios y donde nadie se podía sentar.

La iglesia católica llevó la cátedra al culmen de su celebración, al considerarla el elemento más significativo de la autoridad del pontífice. El cual,  “cuando habla ex cathedra, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no lo permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema.” Este texto pertenece al capítulo 4º de la 1ª Constitución dogmática vaticana “Pastor aeternus” del 18 de Julio de 1870.

En resumidas cuentas, el origen de esta fiesta es señalar la autoridad de los papas. Lo que ocurre es que aun en este siglo en el que vivimos, el progreso y la inquietud de la mente de la persona que viva su existencia con coherencia, nos lleva a observar ejemplos que contextualizan o actualizan ciertas actitudes o circunstancias, hasta llegar al origen de aquello en lo que fue o pudo ser.

Me explico. El Papa es una autoridad influyente e indiscutible en el mundo. Puede que sea hoy superado por el señor Trump y sus despropósitos de gobernante déspota. Pero en Francisco hemos visto un cambio radical en lo que supone la vocación del obispo de Roma y su condición de “siervo de los siervos de Dios”.

Esto no quiere decir que el Papa prescinda de seguridad y del protocolo propio que se deriva de su responsabilidad; pero son notables los ejemplos de desprendimiento, llaneza y humildad y sobre todo fraternidad, con los que este hombre se mueve por el mundo. Puede que no todo sea maravilloso y bueno a los ojos de todas las personas.  No olvidemos que la iglesia es una institución que se mueve a paso de caracol, pues para avanzar requiere del peso de la historia y del magisterio, que en ocasiones hace imposible la evolución de dogmas o principios.

En el momento de la historia en el que vivimos, reniego de esta fiesta de la cátedra de Pedro como fiesta de la autoridad papal. Dios nuestro Padre, que nos ama y nos busca, no nos ha dado más autoridad a cada uno de los hijos e hijas de Dios, que el poder de testimoniar la Palabra de Dios en el mundo; para llegar por medio de nuestras obras, a la transformación de los corazones.

No debe ser óbice de este planteamiento, ni la fiesta litúrgica en sí, ni las celebraciones que por tradición se hagan y que no perjudican a nadie. Pero no debe perderse de vista que la vocación –no el ministerio- de Pedro y los apóstoles, es una vocación de la que todos participamos sin menoscabo de la responsabilidad –no autoridad- que todos tenemos, no ya en la Iglesia, sino en cualquier asociación de personas y en la sociedad en sí misma.

¿Qué es eso de curas y personas que se comportan al uso de lo que dicta su voluntad e imponiéndola, considerándose a sí mismos como portavoces de Dios? Solo faltaba eso. “Te daré las llaves del cielo”, dice Jesús en tres ocasiones en los sinópticos. Una a Pedro, otra a los apóstoles y la última a todos los creyentes.

Visto lo cual, ¿quién tiene más derecho a tener las lleves del cielo? Pues toda persona que haga de su vida un evangelio vivo, una buena noticia allí donde vaya. Esa persona estará caracterizada por la prudencia, la amorosidad, la capacidad de ser justa, fraterna y comprensible. Será espiritual sino mística y la columna vertebral de su vida, será la Palabra de Dios. Acabo fijándome brevemente en un ejemplo del antiguo testamento.

La profetisa Débora, juez de Israel (Jueves 4-5). Era mujer de Lappidôt y una mujer que por aclamación gobernó Israel tras la época de Josué. Su cátedra era una palmera bajo la cual se sentaba a administrar justicia y atender las numerosas cuestiones que le planteaba el pueblo. No llegó a este cargo por designación de ningún poderoso, sino por aclamación popular en honor a sus virtudes. No en balde era proclamada “madre de Israel” (Ju5,7b).

Por lo tanto, ojalá en esta fiesta de la cátedra de san Pedro y lejos de celebrar la autoridad papal que Francisco ha diluido con humanidad y fraternidad, celebremos junto al papa y todos los creyentes la posibilidad de compartir con Pedro y sus sucesores la capacidad vocacional de ser testigos, ejemplos virtuosos y proclamadores de vida, paz y justicia en el nombre de Jesús resucitado que viene a nosotros en el silencio de nuestra vida. Descifremos su rostro decididamente.

¿No oíste sus pasos silenciosos?

Él viene, viene, viene siempre.

En cada instante y en cada edad,

todos los días y todas las noches,

Él viene, viene, viene siempre.

He cantado en muchas ocasiones y de mil maneras;

pero siempre decían sus notas:

Él viene, viene, viene siempre.

En los días fragantes del soleado abril,

por la vereda del bosque,

Él viene, viene, viene siempre.

En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio,

sobre el carro atronador de las nubes,

Él viene, viene, viene siempre.

De pena en pena mía,

son sus pasos los que oprimen mi corazón,

y el dorado roce de sus pies

es lo que hace brillar mi alegría.

(“El viene, viene, viene siempre”. Rabindranath Tagore).

Florencio Díaz Fernández  /  Cartujo con Licencia Propia  –  Sevilla

www.reflexionyliberacion.cl

 

 

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