|Viernes, Diciembre 14, 2018
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Las leyes y la Fe 

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Cuando hablamos de elecciones, nos reducimos muchas veces a pensar a candidatos a la presidencia de la nación y  como algo muy secundario a los diputados y senadores. En realidad confundimos fácilmente los tres poderes. La presidencia es el poder ejecutivo para cumplir un programa político, la Cámara de diputados y el Senado buscan resguardar los valores consensuados (la ética social) y delimitar los espacios de la convivencia nacional. La Justicia vigila la aplicación de las leyes sancionando los infractores.

En los noticieros aparecen reclamos que piden al gobierno un asistencialismo exagerado, una inmediatez o unas soluciones imposibles. Se critica la politiquería que frena la elaboración de las leyes necesarias para el progreso social del país. La Justicia, ella, tarda en solucionar tanto las grandes estafas como la delincuencia que rebosa las cárceles.

Estos problemas son culturales y, si los caudillos políticos son mayormente responsables porque es en realidad toda la población que es responsable de esta situación de crisis que se globaliza. Las ideologías que tanto movieron las masas ayer están desautorizadas. Se ven muchos intelectuales acomodarse en  un “practicismo” que neutraliza todas las ideas. La confusión que existe en lo valórico y en la creencias  se debe a los medios de comunicaciones que se abrieron a una proliferación de opiniones (gratuitas y cortas) de todo el mundo.

Son problema también las exigencias de máxima libertad. Los grandes capitalistas como de los ciudadanos comunes han reducido sus obligaciones sociales a lo estrictamente legal y piensan: “si no me pueden perseguir las leyes entonces puedo hacer lo que quiero”. De esta manera la vida social se reduce a reclamar beneficios individuales y así se está perdiendo lo comunitario, lo social, lo nacional, y se arriesga a perder el sentido de lo global que tanto será necesario para el futuro.  También  se está perdiendo la moralidad personal prevaleciendo fácilmente el libertinaje. Esta crisis cultural  respecto a las leyes  revela un serio problema de moral del que no se escapan ni las religiones.

La Iglesia católica que se calificó siempre de “maestra en moral” padece de los mismos síntomas. Sus autoridades padecen de una crisis de poder y el pueblo cristiano perdió el sentido de la voluntad de Dios. Vale la pena indagar  en la historia reciente para darnos cuenta de esta  crisis. Teníamos muchas obligaciones religiosas antaño. Hay que recordar los 10 mandamientos que fueron las obligaciones mínimas para todo un cristiano, había que practicar los 7 sacramentos: bautizar, casarse  comulgar (en ayuno), confesarse una vez al año, el celibato para los religiosos… Estas normas con  numerosas prohibiciones (del sexto mandamiento en particular) eran detalladas por el clero… Pero  ¿En qué quedaron los cumplimientos de  todas estas leyes hoy día para la mayoría de los que se declaran católicos?  Algunas  leyes, disciplinas o prohibiciones  se declararon obsoletas, otras se olvidaron, otras están en discusión (Ley natural). Pocos clérigos se atreven a amenazar a los pecadores de la condena del Infierno pero sus púlpitos sirven todavía a muchos para predicar una moralidad severa. Es una pena que las religiones estén entrampadas en discusiones de tradiciones y de prácticas diversas  respecto a la moral. Esto las divide mucho más y esto difunde una incredulidad dramática en la población.

Vale la pena recordar la Ley de Moisés que sirvió de primera “constitución” para el pueblo Hebreo para afianzar su alianza con Yahvé su Dios: no tener otro dios,… honrar los padres, no matar, no robar, no jurar en falso… Estas normas educaron el pueblo.  Los profetas recalcaron la importancia de la Ley como protección divina en defensa del pobre, del débil, del pequeño. Pero pasando el tiempo y llegando a jugar su rol los sacerdotes y levitas se multiplicaron las prescripciones religiosas que llenaron  muchas páginas de la Biblia antigua.

En el tiempo del Nuevo testamento, tantas eran esas prescripciones y esas prohibiciones que  los tramposos Fariseos vinieron a preguntar a Jesús: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la Ley?  La respuesta fue clara, no es el “cumplir” lo importante sino la disposición fundamental del corazón: “amar a Dios y amar al prójimo”.  Este amor aminora todos los preceptos de la Ley. “Ama y haz lo que quiere” dijo San Agustín.  Poniendo la vara a esta altura moral todos los mandamientos quedan chicos y Jesús lo expresa bien cuando dijo: “les han dicho esto y este otro pero Yo les digo:…” Al joven rico que podía alardearse de cumplir los mandamientos, le invito a dejar sus riquezas y seguirlo y  él no pudo.  Jesús le demostró de manera práctica que le faltaba lo esencial: “el amor a Dios y al prójimo”.

Las autoridades eclesiásticas de la Iglesia católica copiaron desgraciadamente los errores de los escribas y levitas del A.T y multiplicaron las prescripciones religiosas a través de los siglos. Felizmente vemos hoy día a muchos    abandonar las  vetustas y controvertidas prescripciones dando se cuenta que esto no era lo más importante.  Anunciar la buena Nueva a todos empezando por los pobres  porque les corresponde el Reino de Dios; a los sufridos: ser consolados; a los pacíficos: la paz… Entrar en el amor de Dios que ama particularmente a quienes lo necesita. Esto es la voluntad de Dios por hacer en la tierra como en el cielo.

Si se puede soñar…  en una Iglesia distinta, una Iglesia que sea la comunidad donde uno se alimenta de este amor a Dios y  se ejerce al amor fraterno más allá de todos los preceptos humanos. Por cierto siempre será necesario una autoridad que vigile la buena orientación de la comunidad. Siempre será oportuno una disciplina comunitaria para sostener a los débiles pero  deberá ser una autoridad que se dedique a resguarda más este amor que a mantener la institución.

Cuando el Cristianismo habrá recuperado ese “más importante” podrá, sin duda, impactar de manera muy positiva en el quehacer de los gobiernos, legisladores y jueces. Entretanto, pidamos para que el Espíritu sople por donde quiere para tener políticos  y gobernantes que se inspiren del Amor humano  porque (que ellos lo sepan o no): Dios es amor.

Paul Buchet  –  Freire

 

 

 

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