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La crisis de Ucrania tiene que ver con Alemania 

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La crisis de Ucrania no tiene nada que ver con Ucrania, sino con Alemania y, en particular, con un oleoducto que une Alemania con Rusia llamado Nord Stream 2.

Washington lo considera una amenaza a su primacía en Europa y ha tratado continuamente de sabotear el proyecto. Con todo, el proyecto Nord Stream ha seguido adelante y ahora está totalmente operativo y listo para funcionar. En cuando las instituciones alemanas concedan la certificación final empezará el suministro de gas. Los propietarios de viviendas y las empresas alemanas tendrán de una fuente fiable de energía limpia y barata, mientras que Rusia verá aumentar considerablemente sus ingresos provenientes del gas. Es una situación en que ambas partes salen beneficiadas.

Los altos cargos de la política exterior estadounidense no está contentos con esta situación. No quieren que Alemania dependa más del gas ruso porque el comercio genera confianza y la confianza lleva a expandir el comercio. A medida que las relaciones se vuelven más cálidas, se levantan más barreras aduaneras, se flexibilizan las regulaciones, aumentan los viajes y el turismo y se crea una nueva estructura de seguridad. En un mundo en el que Alemania y Rusia son amigos y socios comerciales no hay necesidad de bases militares estadounidenses, no se necesitan caros armamentos y sistemas de misiles fabricados en Estados Unidos ni tampoco se necesita la OTAN. Tampoco hay necesidad de negociar en dólares estadounidenses un acuerdo de energía ni de acumular títulos del Tesoro de Estados Unidos para equilibrar las cuentas. Las transacciones entre socios comerciales se pueden llevar a cabo en las propias divisas, lo que provocará un fuerte descenso del valor del dólar y un cambio drástico en el poder económico. Estos son los motivos por los que el gobierno Biden se opone a Nord Stream.

No es un simple oleoducto, es una ventana hacia el futuro, un futuro en el que Europa y Asia se acercan en una inmensa zona de libre comercio que aumenta su poder y prosperidad mutuos al tiempo que deja fuera a Estados Unidos. Unas relaciones más cálidas entre Alemania y Rusia señalan el fin de un orden mundial “unipolar” que Estados Unidos ha supervisado durante 75 años. Una alianza germano-rusa amenaza con precipitar el declive de la superpotencia que actualmente se acerca lentamente al abismo. Esa es la razón por la que Washington está decidido a hacer cuanto pueda para sabotear Nord Stream y mantener a Alemania dentro de su órbita. Es una cuestión de supervivencia.

Aquí es donde Ucrania entra en escena. Ucrania es el “arma elegida” por Washington para torpedear Nord Stream y abrir una brecha entre Alemania y Rusia.

La estrategia está tomada de la primera página del Manual de Política Exterior de Estados Unidos bajo el epígrafe “Divide y vencerás”. Washington necesita crear la sensación de que Rusia supone una amenaza para la seguridad de Europa, ese es lo objetivo. Necesita mostrar que Putin es un agresor sediento de sangre y con un carácter muy irritable en el que no se puede confiar. Para lograrlo se ha encargado a los medios de comunicación la misión de repetir una y otra vez “Rusia planea invadir Ucrania”. Lo que no se dice es que Rusia no ha invadido ningún país desde que disolvió la Unión Soviética, mientras que en ese mismo periodo de tiempo Estados Unidos ha invadido países o ha derrocado sus regímenes en más de 50 países y que Estados Unidos mantiene más de 800 bases militares en países de todo el mundo. Los medios de comunicación no informan de nada de esto, sino que ponen el foco de atención en el “malvado Putin”, que ha concentrado a unos 100.000 soldados a lo largo de la frontera ucraniana, lo que amenaza con sumir a toda Europa en otra guerra sangrienta.

El lunes el presidente Biden celebró su primera rueda de prensa conjunta con el canciller alemán Olaf Scholz en la Casa Blanca. El evento estuvo rodeado de un bombo sin precedentes. Se había organizado todo para fabricar un “ambiente de crisis” que Biden utilizó para presionar al canciller en dirección a la política estadounidense. A principios de esta semana la portavoz de la Casa Blanca Jen Psaki afirmó repetidamente que “era inminente una invasión rusa”. A sus comentarios siguieron los del portavoz del Departamento de Estado, Nick Price, que afirmó que las agencias de inteligencia le habían proporcionado detalles de una supuesta operación de “falsa bandera” respaldada por Rusia que esperaban tuviera lugar en un futuro cercano al este de Ucrania. A la advertencia de Price siguió el domingo por la mañana la afirmación del asesor de seguridad nacional Jake Sullivan de que se podía producir una invasión rusa en cualquier momento, tal vez “incluso mañana”. Esto ocurría solo unos días después de que la agencia Bloomberg News publicara su titular sensacionalista y completamente falso de que “Rusia invade Ucrania”.

Al canciller alemán le sorprendieron los comentarios de Biden, que claramente no estaban en el guion original. Con todo, en ningún momento Scholz aceptó cancelar Nord Stream y se negó incluso a mencionar el gaseoducto por su nombre. Si Biden pensaba que podría forzar al líder de la tercera economía del mundo acorralándolo en un foro público, se equivocaba. Alemania sigue dispuesta a poner en marcha Nord Stream, independientemente de los posibles conflictos en la lejana Ucrania. Pero esto podría cambiar en cualquier momento. A fin de cuentas, ¿quién sabe qué provocaciones podría estar planeando Washington en un futuro próximo?¿Quién sabe cuántas vidas están dispuestos a sacrificar abrir una brecha entre Alemania y Rusia? ¿Quién sabe qué riesgos está dispuesto a asumir Biden para ralentizar el declive de Estados Unidos y evitar que emerja un nuevo orden mundial “policéntrico”? Cualquier cosa podría ocurrir en las próximas semanas. Cualquier cosa.

Por ahora Alemania está en una posición de ventaja. Corresponde a Scholz decidir cómo solucionar el asunto. ¿Implementará la política que mejor sirva a los intereses del pueblo alemán o cederá al implacable pulso de Biden? ¿Trazará un nuevo rumbo que fortalezca nuevas alianzas en el agitado corredor euroasiático o apoyará las enloquecidas ambiciones geopolíticas de Washington? ¿Aceptará el papel fundamental de Alemania en un nuevo orden mundial en el que muchos centros de poder emergentes comparten en pie de igualdad la gobernanza global y en el que los dirigentes siguen comprometidos sin fisuras con el multilateralismo, el desarrollo pacífico y la seguridad para todos o tratará de apoyar el maltrecho sistema de la posguerra que ha superado a todas luces su vida útil?

Una cosa es segura: decida lo que decida Alemania, nos afectará a todos nosotros.

Mike Whitney – The Unz Review

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