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Mirar desde abajo 

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Para ver es muy importante el lugar en que nos situamos, y según sea ese lugar tendremos un punto de vista -u otro- de lo que estamos mirando. No es lo mismo mirar de lejos que mirar de cerca, o mirar de lado que de frente, y no es lo mismo mirar desde arriba que mirar desde abajo. El lugar donde nos ubicamos nos entrega nuestro punto de vista y la manera de percibir lo que observamos.

Ser consciente de esta evidencia acerca de los puntos de vista que condicionan nuestra mirada es muy importante para celebrar la Navidad; me refiero a la Navidad que celebramos de los cristianos, no a la fiesta del consumo y regalos que, rebozando deseos de paz y bien, elimina a Dios y lo que El quiere decirnos.

En Navidad, los cristianos celebramos el gran signo que Dios ha dado a nuestro mundo; el cual, señala el Evangelio es “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lucas 1,12). Ese es el lugar desde el cual el Dios hecho Hombre nos mira: desde abajo, desde la pequeñez de un niño y desde la pobreza de un pesebre; nos invita a agacharnos y mirar nuestra propia vida y el mundo como El las mira.

Esto de saber agacharse no es sólo un buen ejercicio kinésico, sino que es un muy serio ejercicio espiritual para tener el punto de vista de la fe en el Señor Jesús. Cuando no bajamos desde nuestros pedestales y aprendemos a agacharnos para ponernos al nivel de otros y mirar la vida y el mundo desde abajo, perdemos la real perspectiva de las cosas y de nuestra propia pequeñez. También eso es lo que ocurre cuando se hacen planes, programas, diversas obras o actividades -o incluso podría ser una nueva Constitución- que resultan inútiles, porque pasan a muchos metros de altura por sobre lo que realmente viven la mayoría de las personas.

Hace unos años, el Papa Francisco al visitar un centro pediátrico dijo a los médicos, enfermeras y colaboradores de ese lugar: “trabajar con niños no es fácil, pero nos enseña tanto. A mí me enseña una cosa: que para comprender la realidad de la vida, debemos agacharnos, como nos agachamos para besar a un niño”, y siguió diciendo: “Todos nosotros -los profesionales, los organizadores, las monjas- tenemos que aprender esta enseñanza: agacharse. Agáchate, sé humilde, y así aprenderás a entender la vida y a entender a la gente”.

Estos días de Navidad son una ocasión preciosa para aprender el ejercicio de agacharse, y hacerlo no sólo ante el Pesebre, sino también ante los niños, y también ante los enfermos; hacerlo ante los adultos mayores, y si es un adulto mayor que hace la hazaña de sobrevivir con una pensión miserable ¡mucho mejor es el ejercicio! Agacharse para aprender a ver la vida desde abajo, para situarnos en el lugar de nuestra propia pequeñez, agacharse para aprender a acoger…

Este ejercicio espiritual sana las cegueras, permite escuchar de verdad a otros, y enseña a compartir; es un ejercicio espiritual que está simbolizado en Belén en el acceso a la gruta donde -según la tradición- nació el Señor Jesús. Se trata de una iglesia antigua, tiene cerca de mil quinientos años, que posee sólo una pequeña puerta angosta y muy baja, de no más de un metro y medio de altura. Esa puerta chica, por la que hay que entrar agachados, es la única vía posible para llegar al lugar en que nació el Señor Jesús. Es decir, el modo de entrar en el sentido de lo que celebramos en Navidad pasa por saber agacharse.

Sólo es posible llegar hasta el Señor Jesús si estamos dispuestos a agacharnos y despojarnos de nuestra “estatura”, es decir, de nuestras hazañas, títulos, negocios, reuniones, viajes, manejos económicos, triquiñuelas para controlar a otros, en fin… tantas cosas que nos mantienen ocupados y nos dan una sensación de grandeza y poder. Lo lamentable es que, en la ilusión de hacernos grandes, todas esas cosas nos impiden el ingreso por la puerta chica de Navidad; porque el misterio de Dios que se hace Niño sólo acoge a quienes se agachan para llegar a El.

Si nos cuesta mucho agacharnos y la puerta sigue resultándonos pequeña, todavía nos queda un recurso, agacharnos en una súplica, como lo hizo el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno: “agranda la puerta, Padre,/ porque no puedo pasar./ La hiciste para los niños,/ yo he crecido, mi pesar./ Si no me agrandas la puerta,/ achícame, por piedad,/ vuélveme a la edad aquella/ en que vivir es soñar”.

¡Feliz Navidad a todos junto al Pesebre del Señor Jesús!

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral   –   Reflexión y Liberación

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