
Trascendidos desde Roma indican que los sectores
conservadores de la Iglesia de Santiago están expectantes ante el inminente
anuncio del nuevo Arzobispo. Tanto, que organizaciones como el Opus Dei se
aprestan a tener una praxis relevante e influyente en diversas áreas, no solo
eclesiásticas, en este año del Bicentenario.
Todos sabemos que pronto vendrá
desde Roma el nombramiento del nuevo Arzobispo de Santiago. Hace casi dos años
presentó su renuncia, como lo establece el Código de Derecho Canónico, el
Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa al cumplir sus 75 años.
Como era de esperar, en todo
este largo tiempo se han producido topo tipo de comentarios y no pocas
especulaciones sobre quién será el sucesor en la principal arquidiócesis del
país. Algunos especialistas en el tema han planteado que es casi imposible que
la Santa Sede nombre a un obispo de fuerte cuño conservador, como sería el caso
del titular del obispado de San Bernardo. Otros, se inclinan por el nombre de un
obispo que no produzca alteraciones a la diócesis que tiene una historia de
compromiso con el mundo social y de los derechos humanos, antes y después
de la transición.
Observadores atentos, sin
embargo, advierten ahora ad portas de que se conozca el nombre del nuevo
Arzobispo, que el escenario político actual y la tendencia vaticana de los
últimos meses es nombrar a obispos que tengan un irrenunciable compromiso con
los temas morales que defiende a ultranza la curia romana y, que sean probados
pastores con capacidad de contener, efectivamente, los avances y excesos del
histórico Concilio Vaticano II. Para una mejor comprensión de esta
estrategia es importante ver los recientes nombramientos en Brasil, Bruselas,
Asturias y el país Vasco.
Ante tales nombramientos nos
parece oportuna una palabra más de fondo sobre los contenidos y procedimientos
del proceso de designación de un nuevo obispo de la Iglesia Católica. Lo
primero, indicar con claridad que Jesús nunca designó a obispo alguno. Tampoco
Jesús eligió a los “doce apóstoles” para dirigir las primeras Comunidades y, que
la teoría de que los obispos son “sucesores de los apóstoles” es de Ireneo de
Lyon en el ocaso del siglo II. En ningún caso de Jesús de Nazareth.
Por lo tanto, el obispo de Roma
al nombrar nuevos obispos ejerce un poder vertical que la Curia conserva en
medio de un estricto secretismo y clandestinidad, así lo demuestra el
nombramiento de los más de 5.000 obispos alrededor de todo el mundo que le deben
fidelidad a la teología particular del Papa y a la estricta vigilancia de los
nuncios locales. Los católicos, en especial los laicos, no hemos de olvidar la
enseñanza de de san Cipriano en el s. III: “Ningún obispo ha de ser impuesto…”.
Volviendo a la coyuntura de
Chile es evidente que el triunfo del candidato de la derecha y hombre de
negocios, Sebastián Piñera, que en marzo próximo será investido como Presidente
de la República, recrea un propicio escenario social político muy favorable al
nombramiento de un obispo cercano a las tendencias conservadoras y en plena
fidelidad a lo que el integrismo entiende por “defensa de la vida”. Dicha
postura se ve respaldada cuando, recientemente, el Papa Benedicto alertó a un
grupo de obispos brasileños sobre los “peligros de la teología de la liberación”
al recordar en el Palacio Apostólico el 25º aniversario de la instrucción
“Libertatis nuntius”.
Ahora, y siguiendo la enseñanza
de Jesús que dijo: “Que vuestro lenguaje sea sí cuando es sí y no cuando es no”,
nos parece justo y oportuno decir, junto a no pocos laicos y personal
consagrado, que la Iglesia de Santiago se merece un obispo fiel a lo que ha sido
su tradición desde hace muchos años. Es decir, que venga un Pastor abierto al
diálogo, sensible al drama de la pobreza, que no excomulge ni persiga a nadie,
que acepte la sana diversidad que de hecho existe en nuestra Iglesia, que
prevalezca la comprensión antes del castigo, que acoja y no oprima…
Chile en el año del
Bicentenario e iniciando una nueva fase en su alta dirección política, necesita
más que nunca cristianos comprometidos, seriamente, con la justicia social y la
solidaridad con los que más sufren. Ese es el camino correcto para la
consecución del Bien común. Por lo tanto, sería un grave retroceso y motivo de
escándalo que llegue al sillón Arzobispal un obispo más fiel al proyecto
teológico y eclesial romano que a lo quiere y necesita el Pueblo de Dios:
fidelidad total a Jesús del Pesebre, a los más pobres y a los sufrientes
sin distingos de ninguna especie.
Hacemos votos para que venga un
obispo rodeado sólo del Evangelio de Jesús y distante del poder y boato
que nada tienen que ver con la hermosura de la Palabra. Que como Pablo, Pedro,
Cipriano, Esteban, Ambrosio o Francisco, venga libre y más que autoridad
demuestre razón, palabra, diálogo y acogida a todos. Como cristianos y personas
de buena voluntad queremos un obispo que venga como hermano…
Jaime Escobar / Subdirector de Crónica Digital y
Reflexión y Liberación.